Tic. Tic. Tic. Tic. Cómo si alguien golpeara repetidamente su dedo contra tu cabeza esperando a que tu paciencia explote junto con tu razón para convertirte en el monstruo que tratás de ocultar la mayoría del tiempo en las profundas tinieblas de tu alma. Afuera llueve y hace frío pero la desesperación te lleva a destaparte para sentirte libre, para sentirte cuerda, para sentir, algo, lo que sea. Todo hace días no es más que un torbellino de emociones y cuándo tu cerebro sufre un desvalance químico y nadie te ayuda, lógico es que explotes, aunque en silencio, con lágrimas que no se escuchan y nisiquiera caen, con dolor que no se expresa y no se deja ser en libertad. Siempre pensás “Si les dijera que me sacaran turno para ir a la Quimio y pidiera que me acompañaran, lo harían”. Es duro, es triste, incluso es… Negro, pero lo pensás. A veces deseás que tu cuerpo fuera el que se deteriora con el tiempo y no tu mente. Desearías no tener cura y dejar tu vida en manos del tirano del tiempo. Pero no, lo tuyo es más difícil. Vos firmas todos los días tu acuerdo de vida, de 24 horas mas respirando, siendo espíritu y cuerpo. Cada día decidís sobre tu vida, y el tiempo no es quien decide, sos vos. Estas harta y por eso los sedantes no te funcionan y no dormís y no sentís paz, y no pasa nada porque ya nada te calma. Estas harta de escuchar que sos re inteligente y fuerte, que vas a poder salir adelante. Mejor te vendría un abrazo, una taza de te y alguien que te acepte enferma y loquita y te ayude a sacar el turno con la psiquiatra y no haga de una guerra comprar tus pastillas. ¿Comprensión quizás No se. Pero algo necesitas. Algo te falta. Y por eso no dormís, lo buscas sin descanso y dejame decir… Nunca lo vas a encontrar. Nada cambia de un día para el otro. Si no mirate, piba, diez meses y… Nada. Acepta tu destino, firma tu pacto con la muerte, clavate todas las pastillas y se feliz. Ah, ¿Te sentís culpable “por los que te quieren?” Bueno, jodete, que querés que te diga. Date la vuelta e intenta conciliar el sueño. Cerra los ojos fuertes y trata de dormir… Que mañana es otro día que superar.
Me recuesto pensando en un par de cientos de cosas. No se cuantas, realmente, pero si se que son muchas. Y que se mezclan en mi cerebro y yo exploto y por eso me tomo las pastillas, para calmar, para dormir, para acallar. Si alguien le sacara el mute a mis pensamientos, los conscientes, los inconscientes, se sentirían los gritos y murmullos de una ciudad entera que espera a ser liberada, cambiada, asesinada, curada, y un sin fin de cosas mas.
La música suena fuerte en mis oídos. En inglés, claro. Es mi favorita y en estos momentos no me distrae de mis letras.
Los murmullos en cierto punto se vuelven inentendibles. Y lloro. Pero ya no sé porque lloro y me preguntan porque lloro. Me acusan, reniegan. ¿Es que una adolescente no tiene su propio espacio para llorar su propia miseria? Yo no, por lo menos. Yo no. Así que intento hacerlo en silencio en la cama, esperando el efecto de mis pastillas, implorando no escuchar voces externas preguntando que pasa. Siempre hay pensamientos que resaltan, que se escuchan un poco mas fuerte, que guían al resto, como “Kill yourself…” Que se repite una y otra y otra vez, sin fin, despacito pero lo suficientemente claro. Y lucha con otra voz que me susurra de la misma forma “Stay Alive…”. Yo simplemente los dejo luchar. Dejo que ellos decidan quien va a ganar, al fin y al cabo será mi cerebro pero yo no puedo hacer más que esperar a que algunos murmullos callen, otros mueran y algunos ganen.
Mi perro ocupa la mitad de la cama y su cuerpo me incomoda a la hora de escribir. El sonido de la calle y el constante atrejeo de gente que entra al edificio de cuatro torres en el que vivo también. Odio la planta baja. Odio vivir acá. Se me viene a la mente “But a house is not a home…” Y que razón tiene. Otro pensamiento que surge es si algún día encontraré mi hogar. Con hogar me refiero a cualquier lugar/persona en el mundo en la cuál no sienta el vacío desolador en medio del cuerpo.
Todos duermen, y yo comienzo a sentir un poco el efecto de mis pastillas, pero sólo un poco.
Eso deja al pensamiento que hoy me torturó todo el día en el que estuve despierta (siempre intento tener siestas para acortar los días), eso de no ser la mejor en nada. Pero en nada, realmente no destacar en nada. Quizás no sería tan entristecedor si no supiera cuántas personas siempre me dijeron que esperaban grandes cosas de mí, que ironía. En nada destaco y en nada me hago grande. Ni me siento así. No soy la mejor de nada. Nadie me admira y yo me condeno. Siempre pensé que sería cómo en las películas: la chica con una vida y cientos de traumas termina encontrando la felicidad viendo sus sueños cumplirse. Pero también conozco otros géneros y sé que no siempre el final es feliz. A veces todos los colores de sus vidas son oscuros, apagados, y los finales son tristes enseñanzas donde todos lloramos y nos decimos “aprendamos a valorar lo que tenemos”. Creo que soy una subespecie de humano, o algo así, no sé. Las películas están ahí, entretienen, enseñan, pero siempre tienen algo de realidad. Por eso las comparo con la vida y por eso quiero saber si la mía es una con colores brillantes u opacos. Y cuál es el final. Si voy a llorar o a reír. Cuál voz va a ganar.
Mis pastillas hacen mas efectos aún. Mis ojos se cierran y los murmullos cada vez suenan más despacito…
El dolor adopta formas diversas, una punzada, una leve molestia dolor sin más, el dolor con el que convivimos a diario, pero hay un dolor que no podemos ignorar, un dolor tan enorme que borra todo lo demás, y hace que el mundo se desvanezca, hasta que solo podemos pensar en cuanto daño hemos hecho, como enfrentarnos al dolor depende de nosotros. El dolor anestesiarlo, aguantarlo, aceptarlo, ignorarlo. Para algunos la mejor manera de enfrentarse a el es seguir viviendo.El dolor solo hay que aguantarlo, esperar a que se vaya por si solo y a que la herida que lo a causado cicatrice, no hay soluciones ni respuestas sencillas, solo hay que respirar hondo y esperar a que se calme. La mayoría de las veces el dolor puede aliviarse, pero a veces llega cuando menos te lo esperas, te da un golpe bajo y no te deja levantarte, hay que aprender a aceptar el dolor, porque lo cierto es que nunca te abandona y la vida siempre lo acrecienta.
A mi siempre me gustó hacer mis balances de fin de año públicos y goblales porque siempre fui así, nunca me gusta guardarme mucho para mí, aunque quizás esté mal. El 2012… En el 2012 entendí eso que decían sobre “se alzarán las mismas ruinas de tu vida”. No se puede escapar del dolor, ni esquivarlo, ni tirarle piedras o matarlo, al dolor se lo siente, en carne viva, en lo profundo, cómo mil agujas clavadas en el pecho sincronizadamente, cómo piedras que se cuelan en tu sangre y contaminan tu cuerpo entero. Nunca en mi vida entera sentí tanto dolor cómo este año, tanto que jamás se lo desearía a alguien. Ese dolor que te da ganas de presionar con tus manos sobre tu pecho y arrancarte el corazón, vender el alma para no tener que sentir más… Querer volar alto para no respirar. El tipo de dolor que te mata lento, pausado, que te enloquece, te silencia, te rompe y corrompe. Perdí la resiliencia y me perdí a mí. Culpé a mil personas de mi dolor, a mis razones, a mil momentos de mi vida, al pasado y a los traumas. Culpé a todo a mi alrededor. Sentí bronca, ira, ansiedad, porque el dolor me enloquecía y sólamente tenía ganas de salir corriendo y escapar de todo y de todos y sentir que era mi momento de ser… Soñaba con un 2012 alto y de repente caí sin querer de un acantilado a lo que yo llamo esas ruinas de mi vida. Me vi rodeada de todo lo que oculté por años. Y entendí. No hay que sufrir en silencio. Jamás. Hay que gritar de dolor, sentir el dolor, llorar, sufrir, querer morir cómo consuelo en las noches, disfrutar con masoquismo de lo que nos pasa, reír y simplemente… soltar. Entendí, esa es la palabra. No “lo hice”, porque decir no es hacer y entender no es poder. Es pausado y lento, también. Pero en alguna de esas fases andaré… Me perdí. No entre estas palabras o en este balance, me perdí, en el mundo. Me desencontré. El destiempo de mis sentimientos y mis pensamientos me llevó a olvidarme de mí misma, y me fui, quién sepa dónde. Me caí a un abismo sin poder recuperarme de allí abajo. Me perdí, a mí, a lo que era, a lo que sentía, a lo que hacía, me perdí. Me desconocí. Entonces me vi cubierta de sentimientos que nunca había enfrentado con una magnitud enorme y me vi sola frente a un mundo sombrío que nunca había conocido y me vi sola, atrapada en una caja sin poder salir y me sentí a morir, me sentí desesperada, desolada, desalmada, en algún lugar extraño parada sola sin poder avanzar, sumergida en cosas inentendibles para mí. Ya no estaba en este mundo, era cómo vivir en una realidad paralela que me hacía enfrntarme a cosas desconocidas y temblé del miedo a no poder ganar. Entonces, mil y un manos aparecieron de algún lugar de lo oscuro y me tiraron para arriba. Siempre odié la dependencia, pero por primera vez en mi vida, me vi rodeada de gente dispuesta a darme todo, a cuidarme, a protegerme, a tratarme cómo si tuviera cinco años. Y eso era lo que necesitaba, volver a sentirme chiquita, despreocupada, querida, cuidada. Mil y un manos me levantaron con fuerza para arriba sin importar porqué y sin necesidad de pedírselos, y me empujaron hacía la vida y el futuro aunque yo les rogara que no. Me pegaron con realidad para que reaccionara y me abrazaron con esperanzas de un futuro para que caminara hacia adelante. Jamás me sentí mas consolada ni apoyada, jamás sentí tanto soporte. Nunca tuve tantos brazos dispuestos a agarrarme si yo saltaba de vuelta a ese abismo. De esas mil y un manos muchas fueron conocidas, esperadas. Otras inesperadas, desconocidas, algunas sorprendentes. Algunas no se estiraron y fueron decepcionantes. Pero aprendí a valorar, porque todos decimos que lo más difícil es estar en lo triste, otros en lo feliz, para mí lo más difícil es que alguien esté dispuesto a estar con vos y tratarte cómo un ser humano normal cuándo sos una paciente psiquiátrica (la amo, Doctora Miriam) -sí, me río de eso y lo digo sin complejos-. Me aferré a gente que nunca pensé estár tan unidas y solté a otros de los cuáles jamás pensé se separarían nuestros caminos. Raro, pero no difícil. En aquel punto me sorprendió la frialdad -o quizás ¿Madurez?- con la que tomé aquellos encales y desenlaces. La vida misma, avanzando, cambiando, quizás. Los que me conocen saben que debo, y digo debo porque siento el deber de remarcarmelo por el resto de mi vida, remarcar y sobresalir SU ayuda, la de ella, que siempre me acompañó desde lejos y yo la acompañé un poquito más cerca, pero sin ser no más que dos seres que comparten dos minutos, un regalo, un te quiero y un abrazo. Este año me sorprendió sentir su mano en mi hombro empujando y compartiendo camino y vigilando mis pasos para ver que siga para adelante. Aprendí que incluso a esa gente que sentís cerca y lejos, se vuelve completamente cerca cuándo la necesitás, desde la humildad de escucharte y compartir lágrimas, dolor, abrazos, fuerzas. De abrirse y compartir vida, recuerdos, dolores, palabras íntimas. Lo blanco de mi 2012 fue eso, sorprenderme y aferrarme aún más a alguien que siempre fue una ayuda lejana, que hoy se vuelve un brazo más que me abraza y empuja para el futuro, y se preocupa porque camine bien mis pasos. Sí, en este año hay mucho más negro que blanco, ¿Pero que importa? Del negro se aprende. De las ruinas se sale. Del dolor se fortalece. De las cenizas se renace. Y lo bueno de perderme, es que ahora tengo que encontrarme. Gracias por simplemente ser, a todos. Ser lo que son, hacer lo que hicieron y hacer, estar y acompañar, compartir, todo, dolor y alegrías, llantos y risas, por los sacrificios y regalos, sorpresas, y acompañamiento. Nunca en mi vida dependí tanto de mi entorno, y nunca sentí tanta fuerza en mí del mismo. GRACIAS
Por eso escribo, porque la vida nunca funciona a menos que sea en retrospectiva. No puedes controlar la vida, pero al menos puedes controlar tu versión de la misma. —
(Fuente: lasperrasnegras, vía lunasolitaria-deactivated201304)
Cómo mil pinchazos constantes en el pecho, sin compasión, con fuerza y determinación. Cómo si te estuvieran cortando las piernas con un cuchillo de mesa sin anestecia. Cómo si apretaran tu cabeza contra una puerta hasta que explote. Cómo si quisieran cortarte los brazos con tijeras sin filo, hasta que sangres hasta morir. Cómo miles huecos adentro, cómo mil vacíos todos juntos, acumulándose, desvíandose hasta llegar a invadir las venas y manchar la sangre con el color del dolor. Así se siente. Cómo si pisaran toda tu vida tus pies con las llantas de un auto pesado, pero aún peor. Dicen que las cosas buenas son indescriptibles, pero el dolor, el dolor de verdad, el que te inunda el ser y te anuda la garganta… No, a ese no hay cómo describirlo. Poco a poco avanza y se extiende por tu cuerpo con un pequeño hormigueo. Se convierte en resentimiento, en odio. Te enferma y tus ojos se vuelven negro porque ya no estás segura de si seguís teniendo un alma. Ya no reflejan lo que sos. Tus ojos reflejan sufrimiento. Reflejan sentimiento. Tu lengüa es un arma afilada que hiere más que un cuchillo porque las palabras lastimosas contienen un poquito de tu dolor y cada vez que las pronunciás, un poco se va. Pero nunca te satisface. Nunca es suficiente el dolor que se va. Cómo si volvieran a llenarte para que jamás quedes vacía de vacío -que ironía-. Con la fuerza de levantar mil camiones pero sin ni siquiera poder leer el epílogo de un libro. El dolor comienza a invadir tu cerebro y a comerlo… Ya comió el resto de vos, apenas quedan huesos astillados. Los cables comienzan a hacerte cortocircuito, quemándote constantemente la cabeza. Las lágrimas nunca paran, son interminables. ¿De dónde sacaste tanta agüa; Por Dios?! No sabés, pero tus ojos no dejan de sangran. Tu mente no deja de gritar. Tu alma no deja de autoflajelarse. Vos dejás de sentir el dolor físico: mordidas, cortes… Ya nada te duele. Y aún gritando las más viles palabras, el dolor ya no se va. Tu mente grita por última vez una palabra que olvidó por tanto tiempo: muerte. Muerte, que palabra a la que todos temen y a vos no te causa absolutamente. Muerte, la que para todos es un final… Y para vos un comienzo. Muerte, quién comienza a apoderarse de cada centímetro de tu existencia mientras caes al vacío. Muerte, conoce por primera vez al dolor, y acaba con él. Muerte… quién te da la libertad.
Es de cierto modo algo tragicómico, ¿No? Porque caminás por la calle, quejándote del mundo, quejándote de la falta de dinero, de la mierda de la gente, de lo que infeliz que sos, de lo infeliz que te hacen. Chocás con los transeúntes tratás mal a la gente, te ponés a la defensiva, no llorás, porque no llorás, sos fuerte, entonces ni una lagrima se derrama y suponés se derramará por tu rostro en la calle porque mantenés tu imagen de rebeldía adolescente - enferman mental totalmente de punta. Pero el cielo se pone oscuro, ni siquiera podrías decir que gris, es negro, negro cómo tus ojos, negro cómo el agujero que tenés en el pecho, negro cómo la muerte, cómo la eternidad que te espera. Negro cómo tu mente. La lluvia no acompaña, pero no tardará en llegar. Gritás, muy enojada, porque te sentís totalmente frustada. Entonces cruzás la puerta y vez a la humillación en traje de vestir y te avergüenza, te hace pequeña, te grita y te reduce a granitos de tristeza. Cuándo abrís la puerta, lento, con aires de misterios, sentís la tensión que comenzará pronto a cortarse en el aire. Sale, del cuarto. Y te mira, y te habla. No contestás. Y sigue hablando. Y sabe que no vas a contestar pero lo hace en un intento desesperado en el cuál poseé un imaginario en que no tenés noción de tu vida, o de la suya, o de los problemas, o de los suyos. De su marginalidad y lacra de personalidad y de tu depresión y estado constante de tristeza. Respondés después, con delay, hablando en voz alta y con orgullo de tus palabras, cómo si estuvieras en un teatro y quisieras que te ovacionaran de pié. Él no agachará la cabeza porque no lo hace nunca, si no que se excusa. Y vos, desolada, cansada, harta, dejás de hablar porque el punto final lo pone tu silencio. Sale de tu casa, enojado, furioso, no sé si con vos, si con la vida, si con él mismo. Pero sus cejas están fruncidas y sus pasos son fuertes. Cierra la puerta bruscamente y de repente estás sola. El aire entra por la ventana cumpliendo tus augurios: la lluvia pronto te acompará. Y quién llega, te abraza, y te arropa en tus abrazos, es la soledad que hoy te hace compañia. Las lágrimas caen por tu rostros y te hacés una pequeña bolita en tu silla, pidiéndole a cualquier Dios en cualquier lugar, que te consuma y te lleve lejos a volar….
Mis ojos se cierran al sonido de la música, suave, tranquila. Siempre escucho la misma porque hace que mi cerebro se tranquilice y entienda que tengo que descansar, que no vivo eternamente despierta. Y en mis sueños, te veo, tan impoluta, tan pura, tan libre, tan… Tan vos. Tus eternas arrugas que me hacen sonreír. Las marcas en tus manos que son marcas de vida, vida bien vivida. Escucho tu voz, tu sonrisa. Y me veo acostada en tu regazo, con tus manos acariciando mi cabello lentamente, con tu voz que me cuenta las mismas historias una y otra vez. Y sonrío, entre sueños, entre historias ya escuchadas, entre sensaciones ya vividas, entre vida que se va. Despierto. Y te busco, y no estás. ¡Ah! Cierto que hace tres años tu lugar es otro. Me dijeron por ahí que vivís en una nube, sólo tuya, totalmente suave y perfecta para que descanses de tu vida sacrificada. Otros me dicen que sos esa estrella que brilla más que todas cuándo lloro, para sacarme una sonrisa. Otros dicen que sos el abrazo cálido que siento cuándo me siento mal, el momento feliz que vivo y sonrío. Yo creo que sos la calidéz de mi alma, la luz en mis ojos, mis ganas de vivir, mi fuerzas de seguir. Mi guía y mi brújula. Sos una estrella, un ángel en una nube con alas gigantes y blancas a rabiar, sos luz, energía, irónicamente, vida, plenitud. Sí, es verdad, lloro al recordarte. Porque te necesito acá, necesito sentirte presente, tangible. Quiero pelearte. Quiero que el siete de septiembre deje ser una cicatriz que con la lluvia se humedece y duele. Que el siete deje de ser dolor. Que el tiempo no pase, retroceda, y este con vos, acostadas juntas, ríendo, siendo una. Te necesito en este mundo. Pero sigo sintiendo acá, desde arriba, desde tu estrella o desde tu nube, cuidandome. Siendo mi luz, siendo mi guía. Hace tres años volaste… Y no volviste más. Pero nunca moriste. Porque morir es el olvido y yo, yo… Yo te vivo cada día en la memoria, en el alma. Yo te vivo siempre.